Un caserón y una vieja historia
No, pero en una ocasión con una linda puta estuve en una casa de lo más siniestra. Me ocurrió en un pueblo murciano, cuyo nombre no voy a dar por aquello de las asociaciones y protección de datos. Comenzaba la chica en el inmueble, que lo había alquilado por dos perras, un caserón de dos pisos abandonado hacía casi una década. Pretendía atraer un buen número de clientes de los alrededores, preferentemente de la capital de provincia. Sus argumentos carnales, desde luego, eran de lo más contudentes.
Andaba yo de periodista por aquel entonces, y con ganas de follar por esos lares.
Fue de madrugada. Había quedado con la nena a eso de la una de la madrugada. Me recibió con salto de cama semitransparente en el descansillo de la casa, y subimos al segundo piso por unas escaleras de madera crujientes, como la cáscara rota de una nuez. Les juro a ustedes, que en la calle (era verano) hacía aquella noche calor, mucho calor; pero fue ir subiendo a los aposentos de la "dama" y un frío desagradable me calzó los huesos.
Vero, que así se llamaba la chica, hablaba con toda naturalidad y gracejo, como si aquella sensación gélida fuera sólo mía. "¿No hace frío aquí?", le pregunté sonriendo; "Ah, tú también lo notas, debe ser la corriente", me respondíó un poco azorada. El caso es que íbamos a follar, por lo que se suponía que entraríamos en calor enseguida. No parecía aquello un impedimento, aunque nos fuéramos a quedar desnudos en pocos segundos.
La habitación estaba semiluminada, más sombras que luces dominaban la estancia. Enseguida me percaté del polvo acumulado en los escasos muebles que había. Vero acababa de instalarse, y no le había dado tiempo a realizar una limpieza a fondo. Las sábanas, eso sí, estaban limpias.
Follamos bien, muy bien, y aquella sensación gélida la supimos suplir con cierto humor. Al terminar, ella se fue al cuarto de baño interior que había en la pieza. Mientras, yo por curiosidad me acerqué a un armario y lo abrí. Me encontré con un ajuar completo, y, no lo olvidaré con un vestido de novia blanco, como de estreno.
Le pregunté a Vero si aquello era suyo, y me dijo que no, que debía pertenecer a la antigua dueña. Al cerrar de nuevo la puerta del armario, escuchamos los dos unos susurros de pasos más arriba, en un desván que había sobre nuestras cabezas. Nos miramos los dos algo asustados. Se suponía que estábamos solos. La chica se puso lívida y me pidió que subiera... Me puse los calzoncillos y despreciando algunos temores, accedí a la petición de mi compañera. Por una escalera de mano, subí al desván, encendí la luz, y allí no había nada, nada excepto una mata de pelo rubio desmadejada en el suelo.
Pasaron tres días, y tuve ocasión de volver a pasar por el pueblo. Un vecino del inmueble me contó una vieja historia. Una pareja de recién casados, de buena posición económica, habían adquirido la casa hacía diez años. En la noche de bodas, algo muy feo tuvo que ocurrir entre aquellas paredes, pues el marido murió acuchillado por unas tijeras, las mismas con las que luego la presunta homicida se cortó el pelo. Loca de atar la encontraron en el desván gritando absurdos.
Vero no tardó en marcharse de aquella casa, y del pueblo. Le perdí la pista. Del caserón no, que todavía se alza en una avenida pinzada de plátanos.
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