Un cigarro en una escombrera
Son las 5 de la mañana. No puedo dormir. Decía mi Padre: en la vida hay momentos malos y otros peores. Entonces; Seré yo que no estoy en uno de los malos.
Pero parar al anochecer en la calle Acebeda, cuando empieza a llover y subirse a un montón de escombros, cuidando no pisar toallitas, tropezar con un alambre, sacos rotos y tablas con clavos roñosos, fumar un cigarro y observar.
Fue como observar el Valle de los Reyes en Egipto. Detrás, al oeste la aceralia un montón de estructuras de hierro oxidado, pasando un tren chirriando por las vías de acero. Delante hacia el este a la izquierda el Enrique como la gran Pirámide, a la derecha las naves de la calle Navas de Buitrago. Al fondo las de Valle de Tobalina y el anuncio del burguer contenido por la M45. En toda la retaguardia el horizonte del macizo de los edificios de la Resina.
Entre los arboles sin hojas, algunas columnas de humo de las hogueras, pasa un mirón con las manos en la espalda. A mí no me mires que no respondo. Pasan los coches de los maricones mirando si quiero tema, ya ves tú, lo llevan claro.
El resto de los coches, los turistas despistados que se han pasado las calles con ofertas, que todas les han parecido caras y van a dar la vuelta para volver a bajar y dar otra más, a ver si hay suerte.
Sí, me recordó al Valle de los Reyes. Sera que yo he ahogado muchas penas allí. Pero era pensar lo que fue y ¿que queda?
Volver al coche despacito, una oración al cielo, pedirle que LA proteja, que yo la despiste en la mente y la autopista, otra vez.
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