Estoy en el café de siempre, acomodada en mi rincón favorito, cuando lo veo entrar. Es ese hombre, el mismo de cada mañana. Alto, seguro de sí mismo, y con esa mirada que parece desnudarme cada vez que cruza con la mía. Hoy lleva un traje negro ajustado que resalta sus hombros anchos. Me observa, lo sé, lo siento en la piel. Finge estar concentrado en su café, pero sus ojos me buscan, me devoran.
Me acerco para tomar su pedido, pero cuando nuestros dedos se rozan, siento una descarga. No es casualidad, no lo es. Sus labios apenas se curvan en una sonrisa, como si supiera exactamente lo que provoca en mí. Estoy jugando a mantener la compostura, pero sé que él lo nota. El calor sube en mi cuerpo. Sus ojos bajan lentamente por mi cuerpo, como si ya me hubiera desvestido en su mente.
Deja un papel doblado bajo su taza y, antes de irse, me lanza una última mirada. El mensaje es claro: “Esta noche, quiero verte a solas.”
¿Qué debería hacer Marina? ¿Debería seguir el juego y encontrarse con él esta noche? ¿O sería mejor mantener la distancia y dejarlo con las ganas?
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