Inés, reina por una hora
No fue el primer tren, como dice la canción de Guaraná, el que me llevó hasta la casa de Inés. Tampoco era su casa, aunque inevitablemente reinaría en ella por una hora. Lo cierto es que, después de llegar a la estación de Atocha, y para no perder tiempo, cogí un taxi y le pedí al taxista que me dejase en cierto número de Arturo Soria. Llamé por teléfono recordando que el día anterior había avisado de mi llegada, una chica me indicó el número del chalé, telefonillo y tras pocos segundos entro.
Unos escalones conducen a una puerta blanca entreabierta. Una chica atractiva, supuestamente la que me ha atendido por teléfono, me hace pasar a una salita presidida por una televisión de más de 40 pulgadas. Luego de preguntarme si quería tomar algo me sirve una cocacola.
-¿Vienes por alguna en particular?
-No…, me gustaría verlas antes a todas.
Sale y al poco comienza el desfile. Creo que fueron 7 en total. Presentación y beso de rigor. Capto no sólo físicos, también actitudes. Unas parecen ajenas al trabajo y otras más dispuestas, pero sería absurdo claudicar ante las primeras impresiones. Puede que aquellas que considero reacias sean luego las más implicadas, mientras otras con pintas de complacientes reculen en el tajo. La experiencia me dice que las mujeres no obedecen a patrones definidos, en ellas a veces es mejor deducir lo que no aparentan.
Por eso estaba dudoso. Hasta que apareció Inés, la última del grupo. Ahora me veo estúpido cayendo en el tópico de admitir que me dejó de piedra, y me revelo contra la evidencia. Y me digo que a estas alturas no acepto que ninguna mujer pueda dejarme de piedra, eso era cuando aún estaba convencido de que podía seducirlas; con los años también se aprende a no hacer demasiadas concesiones a la belleza, sobre todo si estás tan poco tiempo con ella como para descubrir que no es suficiente. Con los años de pertinaz putañero cuántas mujeres guapas habrán caído en el fondo de la memoria. Ya no alcanzo ni siquiera a imaginarme el rostro que un día me impresionó. Acaso el recuerdo de una hora inolvidable que tal vez algún día no muy lejano también se olvidará, como tal vez olvide ésta.
No, no me dejó de piedra. No pudo hacer eso. Si algo se quedó de piedra fue mi principal atributo masculino. Venía con ganas sobradas y ahora me encontraba allí con aquella lindeza de mujer. ¿Mujer? No hubiera afirmado que tenía más de 18 años, ni me hubiese sorprendido de encontrármela como alumna en un instituto; a lo mejor hasta me hubiese sentido aún más maduro, aún más verde, por haberla deseado. Porque, inevitablemente, de tropezar de cara con ella, dondequiera que fuese, me habría sorprendido a mí mismo volviéndome a averiguar si su cuerpo no rompía el equilibrio de un rostro bello, fino, juvenil. Y en verdad que pocos cuerpos tan bien moldeados como el suyo. ¿Exagero? Quizás, pero no deberíamos desdeñar la posibilidad de que sea el deseo de presumir de hembra, más que el de compartir un hallazgo, el que nos empuje en ocasiones a escribir la pura realidad. Tal vez porque el inconveniente de no poder tenerla sólo para uno obligue al menos a descubrirnos como pioneros. Fastidioso deseo masculino el de ser especiales frente a mujeres especiales.
Por supuesto la elegí. No fue la única, pero fue la primera. La estuve esperando en la habitación con impaciencia de adolescente. Cuando por fin vino me parecía una suerte poder meterme en el cuerpo a una piba como aquella. Nos duchamos juntos y yo, que siempre preciso confianza para ponerme en marcha, nada más contemplar como le resbalaba el jabón líquido por los senos casi pude oír mi corazón como loco bombeando sangre. Por primera vez en mucho tiempo los preliminares me fastidiaban, como si fuese una criatura sedienta en el desierto que descubre un oasis y no ve el momento de lanzarse de cabeza al agua.
Así fue como me lancé a la cama. La canción de Guaraná sonaba sin sonar: “Hazme lo que quieras, hazme enloquecer…”. Y entonces sentí sus caricias, como jugaba con sus carnosos labios en las entrañas del sexo, como subía y me besaba y luego yo le rozaba con mi lengua los pezones hasta notarlos crecer y ponerse como puntas de gruesos lapiceros. La disfruté cabalgando, jugando a moverse de todas las formas posibles mientras trataba yo de resistir hasta el límite; luego, aún arriba, extendía su cuerpo al tiempo que yo la abrazaba y ella continuaba moviéndose. La disfruté abajo, suspiros hondos de actriz, más movimiento sin descanso, bombeo seminal, no un simple ejercicio de triceps.
Al fin, nada que no se haya narrado ya mil veces, al tiempo que la canción crecía en mi cabeza: “Toda la noche besando, toda la noche en la casa de Inés…”. Concéntrate, no te vayas aún, alarga el momento, estira el deseo. Pero es una belleza la que está allí ofreciéndome el paraíso con sus piernas abiertas, mientras introduzco mis manos bajo sus preciosas y suaves nalgas, y la canción sube y sube de tono, como si alguien estuviese jugando con el volumen en algún lugar de mi cerebro. Hasta que, sin poder ya evitarlo, estallo mirando sus esquivos y grandes ojos negros.
Luego, silencio. La certeza de que una especie de demonio ha sido expulsado del cuerpo. Y el silencio deja paso a la costumbre, un masaje sin convicción, una charla como de dos seres que se han conocido en una sala de espera y sólo les une un deseo carnal que acaso no es mutuo, los piropos que habrá oído miles de veces, la sonrisas que habrá repartido otras tantas, sus inquietudes diarias, sus palabras dulces, la mujer desvestida de su sexo por unos instantes, su cuerpo que se levanta y que aún me provoca, su salida por la puerta, su ligero perfume que se queda flotando en el aire, la maldita canción que me trajo su nombre y que se resiste a marcharse con ella…
Me quedo solo, otra vez solo, esperando a la siguiente. El caso es que ya no recuerdo cómo se llamaba la siguiente.
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