Elena
Pedí cita con Elena, no obstante la encargada (muy cortes y amable dicho sea al paso) me presentó también a Vika, una morena de unos 1.68, guapa y de franco buen ver por su tipo.
Llegó Elena, francamente impresionante sobre un palmo largo de tacones que hacían que me rebasara con creces la cabeza. Pie a tierra en torno 1.70.
Cuando veo una mujer que al natural me resulta más fresca y atractiva que en sus fotos me pregunto que sentido tiene el fotoshop y que se les pierde o se les gana a los profesionales de las “fotos profesionales” maquillando a sus modelos hasta reducirlas a pintura con un sesgo de cartón piedra. En fin la chica no precisaba retoques, pensaba en el sublime momento de ascensión al primer piso con ella delante y que por mí hubiera prolongado hasta culminar las torres Petronas, mirándola las piernas y el cimbreo de su cintura.
La habitación limpia discreta, sin tampoco gracia destacable salvo la comodidad de tener ducha, vidé y lavabo dentro, lo que ahorra el antipático paseíllo en cueros mirando de reojo las otras puertas.
Se quitó la ropa con estilo y nos besamos varias veces aunque sin excesivos dispendios antes de que me tumbara sobre la cama indicándome que me dejara hacer. Una vez sobre mí pasó la lengua por el pecho y los muslos. Después me enfundó con la boca y se aplicó a la succión que yo hubiera preferido más suave. Pero inútil indicarla nada ya que habla tanto español o inglés como yo la lengua de Tolstoi en la que solo acierto a decir spasiva. (Os haréis cargo cuanto da de sí tamaño bagaje expresivo)
Se ofreció en “doggy stylo”, pero yo prefiero misionero lento, al que por fin nos aplicamos con algún beso robado sobre la atalaya de sus muecas que la dejaban bien a cubierto de mayores excesos y que culminó a mi pesar con fuertes movimientos de pelvis que yo no hubiera preferido.
Sobraba tiempo y algunas frases cruzadas despacio, sobrepronunciadas, como si la lentitud fuera a hacerlas comprensibles se perdían en una sonrisa amable de desconcierto. Francamente cuanto más pone la palabra sobre estas ensoñaciones de la carne ¿Hasta que punto quien no dice, está? Me fascina la belleza me satisface el encuentro. Salvo escasas ocasiones la paradoja no deja de resonar con aire melancólico.
Delante de ella comencé a masturbarla con suavidad y me siguió acariciándose con intención. Si bien no me alcanzó la fé en su éxtasis, su actitud fue tan convincente y mesurada en su justo punto de afectación que en algún momento me hizo dudar, haciendo de este juego un exquisito espectáculo a la recreación de la vista, que merece dejar memoria, entre las sutilezas de estas andanzas.
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