Nombre: Rachel
Nacionalidad: Dominicana
Estatura: Alrededor de 1,63
Edad: veinte
Pelo: Largo y liso
Peso: Delgada
Pechos: mediano
Culo: Duro
Tarifa: 35 media hora
Francés: Natural, demasiado suave
Griego: no
Forniqueo: Normalito, aunque no me dio tiempo a apreciarlo mucho por lo que luego contaré
Besos: Morreos
Implicación: amable pero mecánica.
Higiene: perfecta
Instalaciones: Aceptables.
Repetiría: No, creo.
Nota: 5.
Cuando llego me presentan solo a Sara, que no me gusta mucho. Me dicen que sólo está ella, y le digo que me voy. Entonces, la chica de las presentaciones, que no se quien es, dice que me espere que hay más, pero que tienen cita, pero que no importa. No me gusta ya el tema pues si tienen cita, ¿para qué me las presentan? ¿No será que es Sara la que menos ha trabajado de entre todas? Poca seriedad, pero bueno, que he venido a follar, y no soy el confesor de nadie.
Llega una tal Nicol, joven y gordita, pero no me va mucho, y finalmente Rachel, una niña guapísima, que me recibe en un batín rojo carmín y en tanga. Me quedo con ella.
La chica se muestra cortés y amable desde el primer momento, pero, no sé si porque está cansada o qué, se muestra fría. A lo mejor es falta de ese feeling o química que se produce en ocasiones; más bien creo que le falta rodaje, profesionalidad. Le beso la boca y acepta mis labios. Nos morreamos, pero no hay lengua. Le pido (todo hay que pedirlo, pues su iniciativa es escasa) que me la chupe y lo hace al natural, eso sí, sin apenas morbo. Le como su coñito depilado, pero nada, como quien está observando con curiosidad cómo deglute un gatito su almuerzo.
Esta falta de implicación la suple su joven cuerpo, que es una delicia acariciarlo. Me soba los huevos, y ahí está manoseándolos un rato, pues observa en mí que me encanta.
Le digo de follar, y ahí cuando la chica se levanta y me dice que me espere, que va a por un preservativo. Su pone el batín rojo y se marcha a buscarlo. En fin, que regresa al cabo de un minuto, y me enfunda el rabo. Dice cómo quiero, y le digo que la quiero ver montada.
Y comenzamos a darle, y en eso suena una alarma horrorosa de su móvil y me dice que el tiempo se acaba, y me pregunta que si me puedo correr en un minuto. En fin, que prefiero quitarme la goma, masturbarme y echarle la leche entre sus tetas.
En frente, había un reloj de pared, y habían transcurrido sólo veinte minutos desde que nos acostamos, a no ser que también me haya contado la ducha previa.
No digo nada, sin embargo.