Lo cojo tiernamente con mi mano,es suave como la seda,
¡Tan delicado!
Lo observo y se inquieta,
lo miro con ojos dulces y golosos,
Y él se estremece bajo el tierno susurro de mis labios,lo incito,lo beso,lo mimo. Lo noto enderezarse bajos mis dedos,
se vuelve hierro, se vuelve prieto, tremendamente poderoso, su piel se tensa como el cuero de un tambor, enhiesto bajo mi húmeda y cálida lengua, lo lamo, lo acaricio, lo chupo,lo mamo ansiosa, buscando abrigar con mi boca todo su ser.
El recela, pero regresa revoltoso, una y otra vez,
buscando mi garganta profunda.
Soy su delirio y yo le castigo, lo calmo, lo sonrío, lo miro, lo dejo relajarse y de nuevo lo provoco,
hasta hacerlo estallar en un quebranto de pura agonía.
¡Oooooh! Saboreo su dulce néctar derramado.
De nuevo lo relajo, suavemente,
y lo mantengo sujeto entre mis manos. Lacio, cansado, lánguido y húmedo. De nuevo lo beso y lo dejo reposar en su nido de guerrero hasta que de nuevo se vuelva revolucionario.
Quiero que recorras mi cuerpo, como si fuera tu mano, con poderio surcas mi sexo, y me hagas gozar de tan noble pasion, que me desees como si fuera tu ultimo suspiro, que tu sexo se una al mio, me quites me desagas cada milimetro de mi cuerpo, quiero que cada movimiento sea uno cada orgasmo mio coincida con el tuyo.
Adrianita A.
Cristales de tu ausencia acribillan mi voz,
que se esparce en la noche por el glacial desierto de mi alcoba.
Yo quisiera ser ángel y soy loba.
Yo quisiera ser luminosamente tuya
y soy oscuramente mía.
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.
Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
tú con la mancha roja de mis labios
yo con el tizne azul de tu carbónico.