Re: Concurso de relatos (hasta el 27)
RAFAEL Y SU AFILADOR
Nunca, por más que viva, podré olvidar aquella mañana calurosa de agosto.
Rafael Montoya empujaba a paso lento su pequeña motocicleta por las calles de la solitaria urbanización. Su piel cetrina y arrugada mostraba cuarenta años curtidos por el sol y en su madurez lucía un amplio bigote negro que sobresalía bajo la nariz abundante. Sudaba, pero pese a la atroz canícula veraniega, vestía de riguroso negro de la cabeza a los pies como manda la tradición. Para ganarse la vida había trabajado en casi todo lo que no precisara de esfuerzo físico ni contrato laboral. Se había dedicado a ser chatarrero en su adolescencia, vendedor de sanitarios en la perifería de Madrid en los años siguientes, vigilante nocturno de obras de dudosa legalidad, transportista ocasional de mudanzas, incluso intentó ser cantaor sin mucho éxito. Al final aprendió a afilar de cuchillos con la destreza suficiente para obtener el parné necesario.
Con una mano en el manillar y la otra en la armónica, soplaba con fuerza los tubos para hacer llegar la melodía hasta el oído de las amas de casa.
-¡Fiuiiiiii, fiuiiiiiú!- repetía una y otra vez.
Carmen escuchó las notas desde su cocina. Llevaba semanas diéndole que los cuchillos no cortaban bien. No es que le importara demasiado, más bien lo prefería para no terminar cortándose el dedo al lonchear la pata de jamón, pero que el filo romo del cuchillo pequeño dejase las patatas como si las hubiesen mordido le hacía darse cuenta de que realmente necesitaba que alguien los afilara.
El sonido se desvanecía por la calle, así que abandonó la cocina con rapidez para asomarse a la entrada del chalé. Dos puertas más abajo, el afilador continuaba su camino. A gritos, le llamó haciendo tintinear las pulseras mientras agitaba la mano.
-¡Eh! ¡Señor! ¡El de los cuchillos!-
Rafael escuchó la llamada, se dió la vuelta y caminó con parsimonia hacia ella. Desde lejos, pudo comprobar que quien le llamaba era una mujer alta y bien parecida, morena de unos treinta y tantos años de edad. Vestía un chándal de algodón azul celeste que se ajustaba a sus caderas de odalisca y un top blanco bajo el cual se marcaban el sotén, el no muy abundante pecho y una leve barriga de un bonito tono bronceado.
-¡Buenas tardes, señora!-, dijo cuando llegó a la altura de la puerta. Notó cómo empezaban a brotar los apetitos de su cuerpo.
-¡Buenas tardes!-, contestó ella. -¿Cuánto cobra por afilar los cuchillos?-
-Eso depende, señora.-, respondió con una sonrisa dadivosa.
Una botella con burbujas se destapó en el vientre de ella y la nube crepitante recorrió todo su cuerpo. Estaba sola en casa y llevaba meses sin disfrutar de los placeres que le brindaba su cuerpo juguetón...
PD: Horas después, Rafael salió de la casa sabiendo que los cuchillos de Carmen habían quedado brillantes y finamente afilados. Le daría nueve sobre 10 puntos, pero eso es otra historia. Veinticinco líneas no dan para más.
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