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14-02-2010, 00:53
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Re: Crónicas maduras
Paloma, mi última novia, era una española de cuarenta y dos años muy bien conservada. Tenía la piel blanca y suave, el pecho generoso y firme con pequeños pezones rosados y unos ojos grandes, almendrados, que transmitían serenidad. Las perfectas caderas, su proporcionada cintura y unas preciosas piernas completaban un conjunto realmente apetecible. Sin embargo, no fui consciente de ello hasta nuestra tercera cita cuando, en mi casa, comencé a desnudarla. Hasta entonces sólo la había visto enmascarada por amplias blusas, chaquetas cerradas hasta el cuello, pantalones anchos y largas faldas; todo ello, siempre, en tonos grises y ocres. No se maquillaba, perfumaba, ni lucía adorno alguno, siendo tal su sobriedad que algunas veces le llamaba “monjita” para hacerla sonreír. Lo que me había llamado la atención en ella no había sido, lógicamente, su cuerpo -tan oculto en un principio a mis miradas- sino su amplísima cultura y su inteligente conversación.
Vivía sola, había viajado mucho, tenía un buen empleo y hablaba correctamente tres idiomas. Se podría decir que era una mujer totalmente autosuficiente y con muchos motivos para sentirse segura de sí misma. Sin embargo, rápidamente percibí su extrema timidez al relacionarse conmigo. La notaba insegura, como una cierva asustada, incómoda ante el más inocente contacto físico. Luego descubrí que esa incomodidad no se producía especialmente conmigo, sino con los hombres en general. Un ascensor demasiado lleno, mi mano en su espalda al cederle el paso..., cualquier mínimo roce parecía ponerla en tensión aunque intentaba disimularlo. Según me contó -dejando entrever largos periodos de absoluta castidad- desde su divorcio, diez años atrás, sólo había mantenido una relación durante tres años y, de ello, hacía ya otros tres.
Cuando la dejé en su casa después de la segunda cita me propuse descubrir a la mujer que se escondía tras esa pudorosa coraza y empecé a planificar el próximo encuentro. Quedamos para cenar el siguiente sábado en un restaurante de Chueca al que solía recurrir en situaciones especiales. El insólito lugar lograba combinar la decoración rústica, el trato familiar y un excelente pianista que interpretaba con gusto exquisito temas de Frank Sinatra, boleros, swing o bossa nova.
A lo largo de la cena se fue relajando cada vez más y ello me confirmó que había acertado con la elección del sitio. Hablamos y hablamos de nuestra niñez, de nuestras familias, de viajes, de música, de literatura... y reímos como adolescentes inventando una historia disparatada sobre una pareja de la mesa del fondo. Después de los postres, siguiendo la tradición de la casa, nos trajeron siete u ocho botellas con distintos licores caseros que probamos a discreción. El pianista atacaba 'Fly me to the moon' cuando los ojos de Paloma empezaron a brillar y me dijo sonriendo:
- Seguro que has traído aquí a unas diez mil chicas ¿verdad?
- Te equivocas -dije mirando sus ojos y cogiéndole la mano- sólo traigo a las que son fascinantes pero no lo saben.
Ella también apretó mi mano y entonces sentí que había escalado el primer muro. Nos levantamos, propuse ir a mi casa a estrenar una botella de Lagavulin que había traído de Edimburgo y tomé su silencio como una aceptación.
Sentados en el sofá, con las copas semivacías delante, tomé sus manos y las besé muy despacio. Acaricié su mejilla y besé su boca suavemente mientras ella contenía la respiración. Sentí que estaba luchando contra sí misma y que cualquier impaciencia por mi parte la haría saltar como un resorte y marcharse. Mis labios recorrieron su cuello, la fina oreja, otra vez la mejilla y la boca; su respiración se fue haciendo más larga y profunda. Me levanté, siempre cogiendo sus manos, y la atraje hacia mí. Rodeé su cintura y, poco a poco, gradualmente, fui apretando el abrazo sin dejar de besarla. Cuando notó mi erección dejó de luchar; abrió sus labios, recibió mi lengua y metió la suya hasta el fondo en mi boca con un ansia sorprendente, cogiendo mi cabeza y apretándola entre sus manos.
Nos fuimos desnudando de camino al dormitorio. Yo estaba embobado al descubrir su cuerpo de formas y consistencias inesperadas. Ella, una vez rotas las barreras, quería quemar etapas velozmente y buscaba mi miembro con insistencia. El primer contacto de mi lengua con su clítoris provocó un estremecimiento increíble de todo su cuerpo. Estaba muy lubricada y me dijo:
- Por favor... ¡Hazlo ya!
- Espera un poco -contesté, mientras metía un dedo en el coño más estrecho y mojado que jamás he invadido- ya verás como es mejor.
Pero era inútil resistirse, ella tiraba de mí hacia arriba suplicándome que la penetrara. Cogí del cajón de la mesilla un condón y me lo enfundé rápidamente.
¿continuará?
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