..Y cuando llega el cansancio , la noche, el día y el hombre cree que ya no hay musas,
q se fueron como vulgares escapistas, así sin avisar.
Cuando esta vez el wisky no le regaló nada nuevo, mas bién le quitó luz, y los cigarrillos se amontonan olvidados y confusos, en la oscura habitación , solo entonces, su amiga y compañera le rescatará con un acorde nuevo. Le susurrara bajito-“dame la mano, cierra los ojos y respira. Estoy contigo, yo no me fui. Así, lentamente, comienza a sentirme”-
Y la magia comienza otra vez entre la guitarra y el hombre ...
;)
O quizás, la guitarra le recuerda cada día lo que quiere olvidar:
El músico que tocaba con el torso desnudo volvió a casa inmediatamente después de la breve reunión con su agente, tiró sobre el sofá las partituras que le había dado y desenfundó con sumo cuidado la guitarra. Como siempre, la acercó a su rostro y aspiró profundamente dejando que el aroma de barniz y palosanto penetrara en él. Llevaba más de un año sin subirse a un escenario, prácticamente encerrado en casa y sin escribir tres notas seguidas que le gustaran. La idea de volver a interpretar lo que otros habían compuesto no le seducía, pero sus amigos le habían convencido de que tenía que hacer algo para no caer en la depresión. Cogió las partituras y lanzó un último vistazo a los títulos. Había estudios de Tárrega y Villalobos que había ejecutado infinidad de veces, la Sonatina de Torroba y un concierto de Leo Brouwer. Sólo le llamó la atención, ya que no conocía la obra ni el autor, la Milonga nº 5 de Edgardo Oroso y, por ello, la abrió sobre el atril. Se frotó las manos enérgicamente y realizó algunos movimientos rutinarios para desentumecer los dedos. Luego, con ademanes solemnes, como si representara un ritual milenario, se despojó de la camisa y tomó la guitarra amorosamente entre sus brazos.
Los primeros acordes surgieron claros y potentes. La obra destilaba una extraña ingenuidad y el hombre del torso desnudo ejecutaba con seguridad la sencilla partitura, dejándose envolver por los compases. Poco a poco, sin darse cuenta, dejó de mirar el pentagrama pero sus dedos siguieron pulsando las cuerdas con la destreza habitual. La milonga se estaba convirtiendo en el vals venezolano nº 2 de Antonio Lauro y el hombre que tocaba con el dorso desnudo no podía hacer nada para evitarlo. Sus ojos se humedecieron al recordarla con su vestido azul en aquel escenario, se maldijo por enésima vez por haberla perdido, se maldijo porque ya no podía componer ni interpretar, se maldijo porque llevaba más de un año llorando y pensando en ella...
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Quiero volver a abrazarte, a sentir en mis manos tus curvas, a tocarte con delicadeza, con dulzura, buscando el ritmo que haga asomar en ti notas de placer.