Iniciado por Contratista
Nombre: Lucia
Así que, huérfano de opciones y aferrándome a la prosa ditirámbica de unos comentaristas anónimos que alababan la discreción del lugar, allá que me fui raudo veloz en mi ciclomotor. Me dirigí, con el sigilo de un espía de opereta, a una calle que el catastro parece haber olvidado y a un chalet que pugnaba por parecer respetable sin conseguirlo en absoluto.
Desde el instante en que mi suela rozó el linde de la puerta metálica verde, una certeza me atravesó el esternón: algo, en el sentido cósmico y también en el olfativo, no cuadraba. El aire del zaguán estaba impregnado de esa densidad particular, una mezcla de ambientador de pino, coliflor hervida y promesas rotas. Era el aroma inconfundible de la pifia irrevocable, ese que uno solo identifica cuando ya ha pagado la entrada o, como en mi caso, ha tocado el timbre.
Pero el caballero español, incluso en trance de adquirir servicios de dudosa higiene, tiene su pundonor. Darse media vuelta es admitir la derrota ante el universo, y yo, pese a todo, aún conservaba un resto de mi antiguo empaque.
En el umbral me recibió la régisseuse del establecimiento (la madame, vamos). Sería una mujer de unos cincuenta años de buen ver. Me inspeccionó sin verme, con esa neutralidad de funcionaria de aduanas que ha cacheado a demasiados contrabandistas de ilusiones baratas. Su saludo fue un gruñido profesional.
Me condujo, con pasos de autómata, a la habitación del "paseíllo". El término taurino resultaba ofensivo para la tauromaquia. Aquello era más bien la sala de espera de un dentista lúgubre: luces rojas tan tenues que parecían pedir perdón por existir, un silencio espeso solo roto por el zumbido de una nevera, y esa sensación de estar a punto de pujar por un jarrón Ming falso en una subasta benéfica.
Y entonces, del fondo de un pasillo oscuro, aparecieron.
Describirlas es un reto para la lexicografía. No eran exactamente personas; eran dos presencias físicas que parecían la encarnación del martes por la tarde. Como si alguien, con muy mala idea, hubiera intentado dar forma humana al desencanto y al poliéster barato. Una tenía la mirada melancólica de un besugo en el mostrador de la pescadería; la otra parecía esculpida en mazapán por un artista sin ganas.
No había elección posible, solo la certeza administrativa de que aquello, desde el Plan A fallido hasta este chalet perdido, era una cadena de despropósitos cósmicos. Elegí, por pura inercia geométrica, a la tercera que apareció, Lucía, que parecía menos propensa a la conversación trascendental.
El trance subsiguiente fue un borrón temporal. Duró poco, o quizás duró una eternidad; es difícil calibrar el cronómetro cuando el alma está haciendo las maletas y uno solo piensa en la conjugación del pretérito imperfecto. Fue breve como un estornudo y largo como una condena en galeras.
Al salir, el aire de la calle, ahora sí, me abofeteó con la crudeza de la realidad. Me pareció más frío, más hostil. En el bolsillo del pantalón me quedaba un vacío que era un simple asunto de física monetaria. Lo grave era el otro vacío, el espiritual. Me habían sustraído algo más difícil de reponer que un billete arrugado me habían robado, sin piedad, la bendita ilusión de que un plan perfecto, aunque fuera el D, podía existir.
|