El putero de Pavlov es tan metódico que acaba asociando todo el ritual con el placer sexual. Acaba disfrutando del trayecto, le excita escuchar el nombre de la calle, le da morbo llamar para reservar.
En la primera casa a la que fui asiduo me pedí siempre lo mismo (trinaranjus de limón) que desde entonces me parece la bebida más erótica del mundo.
Los detractores de la prostitución se horrorizan de que sea algo frio y planeado, sin espontaneidad, sin dejarse llevar y sin mirar el reloj. A mi, sin embargo, es casi lo que más me gusta.
Nunca fui impresionable, siempre he sido más o menos exigente pero esto se ha radicalizado con ser cliente. Cuando has tenido buenas experiencias y te has cepillado a mujeres jóvenes y bellas, las civiles del montón se vuelven invisibles. No tienen ningún interés.
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