Follar en una chabola con la que convivía con su novio marroquí. El pobre hombre no sabía nada de los quehaceres de su chica, y ésta aprovechaba que se marchaba a recolectar fruta al sur para llevarse allí a los clientes especiales. Siempre de noche, claro, entre las sombras del poblado. No accedí: el miedo superaba con creces al morbo, y terminábamos haciéndolo siempre en un hostal de lo más cutre.
|