Si es verdad que cualquiera puede irse de putas, también es cierto que pocos son los que disfrutan de la experiencia sin que el remordimiento ensombrezca al placer. Más que un nivel económico o una predisposición al vicio, para mí, un putero es aquel que goza del sexo de pago con la misma naturalidad con la que asiste a ver una obra de teatro o se come un exquisito bistec en un restaurante. Y eso, esa
práctica al mismo tiempo que lasciva, ordinaria por común, programada y asumida como pasatiempo, es lo que distingue a un putero del que va un día de putas, sin más. Y esa actitud, forjada en la experiencia, es, para mí, un privilegio.
Todos tenemos ocasión de ver una puesta de sol, pero sólo algunos logran sublimar esta bella visión a un trance casi poético. Leer, todos leemos, pero, ¿cuántos alcanzan a disfrutar del latido de una prosa... ? Se nos puede ocurrir cientos de ejemplos que nos conducirán a la misma conclusión: lo extraordinario está al alcance de todos, pero sólo algunos, rompiendo con el tedio, la pereza o la simple cobardía, podrán llegar a disfrutarlo.