Nunca jamás he permitido que ninguna de mis parejas toque mi teléfono móvil. Nunca. Jamás. Ni de coña. De la misma manera que tampoco he permitido jamás que accedan a mi correo electrónico o abran las cartas que se me remiten.
Si hubiera descubierto a alguna haciéndolo, no sólo la habría abandonado ipso facto sino que me hubiera planteado seriamente el emprender acciones legales para lo que considero una violación grave, gravísima, de mi intimidad personal.
Que cada cual haga de su capa un sayo, pero yo, personalmente, no entiendo qué clase de relación de pareja es esa en la cual uno no puede mantener un espacio privado, algo de intimidad sagrada e inviolable, a salvo de cualquier intromisión.
En en este país, en cuestiones de pareja, estamos todavía en plena Edad Media: el amor no se vende a cambio de humillaciones personales. Es patético.
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