Bueno, no sé como catalogar esta experiencia.
Salí un mediodía del mes de julio del 2007 de la oficina, más caliente que una plancha. Estuve mirando anuncios por internet y me fijé en un piso del barrio de Salamanca, bastante caro por cierto.
Ya en la calle llamo y me contesta una señorita. La necesidad era imperiosa y le pregunté si me podían atender enseguida (por los precios del anuncio supuse que todas las chicas estarían de infarto), así que no pedí a ninguna en especial.
Consulté la calle, número y piso y salí corriendo para allá como alma que lleva el diablo.
En fin, sudoroso y jadeante llamo a la puerta del piso que me habían indicado por teléfono. Me abre una chica joven. Yo me quedo sorprendido y digo que acabo de llamar por teléfono y que soy Bernal. La chica me mira con cara de póker y a pleno pulmón grita:
"Mamaaaaaaa, que en la entrada hay un señor que se llama Bernal y dice que acaba de llamar por teléfono".
Mi sorpresa sigue en aumento cuando aparece un hombre de cincuenta y tantos años con cara de haber sido despertado de una beatífica siesta veraniega.
"Buenas tardes. ¿Qué quiere?", me pregunta.
"¿Dónde he ido a parar, Señor?- pienso- "Follar es lo que quería, pero se me están quitando las ganas."
Como no era cuestión de decirlo, no se me ocurre otra cosa que inventarme una bola:
"Hola, me llamo Bernal y soy del Círculo de Lectores. Acabo de llamarles"- comienzo a sudar, la voz me falla y esbozo una sonrisa que no viene a cuento.
"Como haya dado con un intelectual que le gusten los libros, me pongo a llorar"- mi mente no para de pensar cosas desagrables.
"¿Ah, sí?"
"Quizás me haya confundido de piso", susurro. La corbata me ahoga y siento como gruesas gotas de sudor surcan mi frente.
"No sé, a lo mejor, le ha atendido mi señora, que le gusta mucho leer. Ineeeeeeeeessss", grita el hombre de la casa.
"No me joda, hombre", mi cabeza parece una jaula de grillos.
Aparece una señora de mediana edad. Tiene el cabello muy ahuecado, kilos de laca deben sujetar tamaña obra.
Me presento. La señora niega haber recibido llamada alguna, y, al final, me pregunta dónde tengo la revista.
La respuesta no podía ser otra:
"Con tanto calor, creo que he salido del coche sin la revista y sin nada. Disculpen ustedes, ahora subo otra vez y les informo".
Antes de recibir respuesta alguna ya estoy enfilando para las escaleras y bajo tres pisos en tiempo record.
Al torcer la esquina me empiezo a calmar, pero ni por esas me detengo.
Después de diez minutos me enjugo el sudor, respiro hondo y llamo al piso dichoso. No era el tercer piso, era el primer piso.
Esa familia debe estar aún esperándome. Ojalá sean pacientes porque volver por allí no vuelvo ni loco.
Un saludo.
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