De potrillas y hombres
Vi a Belén, potrilla española, el día más abrasivo en la historia del mundo. Los pájaros caían de los árboles, amodorrados, y la gente buscaba el frescor de las fuentes con voluntad de sargento de hierro.
Belén, que llegó puntual a la cita, es rubia de bote, guapa y simpática, alegre y, ciertamente, maciza. Tiene las manos fuertes del trabajo físico, ojos verdes y hermosos, pecho exiguo, culo agradable y piernas correctas. Los pies, calzados entonces en unas sandalias de color negro, son, como las trabajadas manos, bonitos. Los dientes, por el contrario, por destacar un punto flaco entre tantas lindezas, surgen en un orden caótico y poco cuidados, sin llegar por ello a extremos insoslayables.
Belén, que no me comió los morros al llegar a la habitación, se prestó de buen grado, eso sí, al cunilinguo. Hizo hincapié en el hecho de que trajinásemos a oscuras, que no le gusta no sé qué cicatriz, pero fui capaz de detectar, aún así, con manos y boca, una vagina limpia, apetecible y joven. Luego, como compensación, ella se esmeró con un francés natural sencillo y rápido y de acabado feliz, pero, a diferencia de lo que le ocurrió a algún afortunado, de eyaculación externa.
No puedo ayudar a vuesas mercedes con lo de los azotes, que yo soy de sexo reposado, pero sí aseguro que ella me aseguraba apetecer en cierta medida de dicha especialidad, “un sado muuuy light”, me dijo, y no comprender desviaciones tipo lluvias y/o fetichismos varios.
Es Belén, a pesar de que entre nosotros no nació el amor, una opción aceptable para una vez por 90 euros. Es una chica maja a la que le gusta el bamboleo y personaje a cuidar; y es objeto de deseo de muchos: recibió, al menos, con el móvil en silencio y en una hora cuarenta y siete llamadas. Llamadas que, naturalmente, respetuosa para conmigo, no atendió.
Lo que hacemos en esta vida, compañeros, tiene su eco en la eternidad.
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