Yo también le comí el coñito
Mucho se ha escrito en este hilo sobre Ana, pero también quiero aportar mi experiencia, la primera que tuve con ella, hace unos días.
Esta masajista tiene alrededor de los 45 años. Cuerpo Delgado, bien conservado, de tez blanca y cuidada. Atractiva. En ningún caso llega a la morbidez, como por aquí se ha comentado en algún momento. Su cabello es muy corto, con mechas californianas y entintado.
En su desnudez destacan sus pechos naturales y de mediano tamaño, algo blandos al tacto, joviales cuando les acaricias con suavidad y ternura. Su trasero es prieto, pequeño.
A mí me recibió en un kimono negro, y desde el principio fue atenta y amable. Su educación, exquisita, así como su cortesía.
Ducha antes y después del servicio. Lugar pulcro, ordenado, con música de fondo.
Casi todo el masaje lo hizo en ropa interior, tras quitarse el kimono antes mencionado. Luego, se desprendió del sujetador, para pasear sus tetas por mis glúteos, y al volverme de frente, terminó desprendiéndose del tanga mostrándose totalmente desnuda.
El masaje no es descontracturante sino sólo relajante. Según confesión no está acostumbrada a hacerlos más fuertes, por lo que creo que es mejor no insistir en que aplique otro tipo de técnica.
Comenzó por la espalda, deslizando sus dedos por todos sus músculos, bajó a los glúteos después y luego aplicó el masaje en las piernas. Los pies no los tocó.
A mí me resultó algo monótono y repetitivo. Quise mantener una conversación con ella, pero en seguida me di cuenta que en estos momentos Ana prefería el silencio.
Algunos pases por la entrepierna, fue anunciándome lo que iba a llegar en breves instantes.
Cuando me volví, Ana acomodó la camilla para subir el respaldo. En esta posición, y ya desnuda, recordé los relatos de algunos foreros narraron con respecto a los maravillosos cunnilunguis que le habían practicado.
“¿Quieres que te lo coma?”, le pregunté cuando comenzaba acariciarle el sexo, algo tímido tal vez, porque hasta el momento la sesión se había desarrollado muy correcta, pero algo fría.
Creo que se quedó algo sorprendida ante mi osadía (supuesta, sólo, pues ya conocía lo que otros le habíais hecho), pero enseguida me respondió que sí, dio una carcajada y me señaló que le encantaba.
Cambiaron las tornas. Ahora ella fue la que se acostó en la camilla y abriéndose de piernas esperó mi boca, que, como comprenderéis, no tardó en hacer acto de presencia.
Estuve alrededor de unos diez minutos disfrutando de su sexo húmedo, lamiendo con delicadeza su clítoris hasta ponerlo durito e introduciendo hasta dos dedos en la vagina. Se corrió con algunos espasmos, y luego me sujetó las muñecas pidiéndome que no la tocara más, que lo tenía muy sensible.
Ahora fui yo quien se tumbó, y una vez recuperada, Ana me estuvo comiéndome los pezones, lamiendo mi vientre y, colocándome un preservativo, empezó un francés muy suave.
Reconozco que no aguanté más y exploté, antes de lo que hubiese yo querido, pues tenía gran interés en saber cómo la chupaba. Pero, caballeros, fue introducírsela en la boca, darme dos achuchones con la lengua y zas, corridón.
Por el precio, 43 euros la hora, merece la pena volver a probar. Salí relajado y contento.
Eso sí, me fijé que estuviese estampado su tatuaje en el pecho, no fuera el servicio me lo diese la hermana, siempre misteriosa, siempre trajinando en la cocina, como parece ser a algún forero le ha ocurrido, creyendo que era la misma Ana.
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