Nombre de guerra: Gimena
Nacionalidad: Colombiana
Forma de Contacto: 632307652 (Whatsapp)
Fecha aproximada: Esta misma semana
Lugar: Calle Princesa, zona Ventura Rodríguez. Edificio con portero, llamas y subes directamente sin que te pregunten nada.
Instalaciones: Piso donde se turnan varias chicas. La habitación tiene camilla de masajes, futón amplio y ducha en el mismo cuarto, todo muy
práctico y sin tener que salir al pasillo.
Higiene: Impecable. Toallas recién puestas, sábana desechable en el futón y el suelo de la ducha limpio. No se echa nada en falta.
Precio: 100 euros la hora, sin sorpresas ni recargos ocultos durante mi sesión.
Edad: Alrededor de los 25, aparenta esa edad sin trampas.
Cara: Sin ser un rostro de pasarela, tiene una mirada que engancha. Rasgos suaves y una sonrisa que aparece con facilidad, lo que la hace resultona.
Pelo: Rubio, largo y lacio, se lo recoge con una goma mientras trabaja.
Cuerpo: Mide en torno a 1,60. No es de las escuálidas, tiene volumen y curvas marcadas, con cadera ancha y cintura que se afina. Es de las que llaman jamona, pero bien llevado.
Pecho: Grandes y totalmente naturales, con una caída que les da ese punto genuino. Muy suaves al tacto.
Culo: Redondeado y firme, con buen agarre. Cuando se coloca en cuatro puntos, la vista es de las que invitan a alargar la sesión.
Piercings y tattos: Algún dibujo pequeño en la piel, pero sin más relevancia.
Actitud: Desde el saludo se muestra
próxima y relajada. Pregunta cómo has llegado, si has comido bien, y busca que te sientas a gusto. No da sensación de estar mirando el reloj.
Conversación: Su acento colombiano es musical y no se enrolla en exceso, pero suelta algún comentario con gracia que rompe la tensión inicial. Agradable de oír.
Besos: Si los inicias, responde con intensidad. Húmedos, con lengua y sin reservas. En algún momento incluso fue ella quien los buscó.
Fuma: No aprecié olor a tabaco en la habitación ni en su aliento.
Francés: Este es su punto fuerte. Sin condón, con mucha saliva y un ritmo que va cambiando para mantenerte al borde. Sabe cuándo apretar y cuándo aflojar con la garganta. Aguantó hasta el final sin quejarse y sin prisas.
Forniqueo: Arriba se mueve con soltura, controlando la profundidad, pero si le sujetas las caderas para marcar tú el compás, se entrega sin resistencia. A cuatro patas empuja hacia atrás con decisión y sus gemidos se vuelven más graves, lo que indica que va a gusto.
Griego: No lo traté, así que no sé si lo ofrece.
Lo mejor: La combinación de su trato cercano con la fiereza que muestra cuando la cosa se pone seria. La mamada es para recordarla días después.
Lo peor: El masaje previo es justito, solo un calentamiento para entrar en materia, pero no se le puede pedir peras al olmo por ese precio.
¿Repetir?: La verdad es que sí, porque encuentros así no se dan todos los días.
¿Recomendable?: Para quien busque una sesión sin florituras, con una profesional que se implica y que domina el arte del sexo oral como pocas, es un acierto seguro.
Valoración global de la experiencia: 9 sobre 10.
Relato:
Llegué al edificio con la duda de si sería otro timo de los que abundan, pero el portero ni se inmutó al verme, lo que ya es un buen síntoma para no tener que dar explicaciones. Subí y llamé a la puerta. Ella apareció con un conjunto de encaje que no dejaba mucho a la imaginación, pero sin estridencias, y con una sonrisa que desarmaba.
Pasé a la habitación, dejé los cien euros en la mesilla y me tumbé boca abajo en la camilla. Sus manos empezaron a recorrer la espalda con movimientos amplios y aceite, suficiente para aflojar los nudillos y que el cuerpo entrara en calor. No esperaba una sesión de quiropráctico, pero cumplió su función de transición.
Cuando me dio la vuelta, se detuvo unos segundos mirando, soltó una risa baja y se puso manos a la obra. Se inclinó y empezó a besarme el cuello, bajando despacio por el pecho hasta llegar a la zona baja. Allí se detuvo y usó la boca con una destreza que desmonta cualquier prejuicio. Alternaba entre tomas profundas y lametazos en la punta, manteniendo un ritmo que hacía difícil no venirse antes de tiempo. Levantaba la vista de vez en cuando y esa conexión visual multiplicaba las sensaciones.
Después de un rato largo de esa faena, le pedí que se subiera. Se colocó encima con naturalidad y empezó a mecerse con un vaivén lento pero seguro. Le agarré la cintura y apreté para acelerar, y ella respondió aumentando la cadencia y apoyando las manos en mi pecho para tener más palanca. Los gemidos se hicieron más seguidos y su cara de placer no parecía fingida.
Cambiamos a la postura de cuadrupedia y ahí es donde el asunto alcanzó otro nivel. Su trasero, duro y redondo, se movía hacia atrás con cada embestida, como si buscara más profundidad voluntariamente. La agarré fuerte de las caderas y le di sin piedad hasta que no pude más. Me retiré, me quité el preservativo y ella, sin mediar palabra, bajó la cabeza y terminó el trabajo con la boca hasta la última gota. Un detalle que demuestra experiencia y criterio.
Nos quedamos tendidos un par de minutos y luego me señaló la ducha. Me limpié con calma mientras ella cambiaba la sábana. Me despidió con un par de besos en la mejilla y la promesa de volver. Salí a la calle con las piernas ligeras y el convencimiento de que había dado con una de las mejores opciones de la zona por ese coste.