Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí.
En la fantasía que ahora entreveo el maduro y desencantado putero elige su último cartucho en un foro de Internet. Y, por primera vez en toda su vida, se ha desentendido de las fotos colgadas y de las opiniones y de los aplausos de los foreros más asiduos y expertos. La escritura, se dice, sólo la escritura. El respeto a la sintaxis, el orden en la exposición de las ideas, la congruencia del discurso, la buena ortografía. Extinguida ya (tras múltiples fracasos y bastante dinero) la quimera de reconstruir y vivir las escenas del cine porno que inspiraban sus masturbaciones (tacones, posturas, artilugios, vestidos, palabras, etc.) ahora le obsesionaba un arrebato que casi le parecía ajeno: la prosa, sólo la prosa.
Eligió la buena redacción, la calidad de página, y se encontró con una prostituta madura, guapa y escéptica, con una mujer que manejaba una pequeña clientela propia y unas finanzas saneadas, que parecía haber conseguido vencer la amargura y el asco de tantos clientes merecedores del olvido. Sabia y hospitalaria, buena conversadora (aunque intermitente) generosa con su tiempo y maestra condescendiente para el sexo que ya no puede ser atlético, los años pesan, y tiene que hacerse refinado, caprichoso, personal, estético.
El putero maduro bebía su glenrothes, pensaba en ella y sonreía. Le hubiera gustado poder volver a fumar, para que todo fuera perfecto. Un ruido le despertó. El ordenador, medio encendido, era lo único que seguía allí.
|