Las clásicas son las lluvias doradas, intercambios, tríos y cosas blandenges.
Cierto día pasé por la puerta de cierta iglesia en la que hay cierto sacerdote, algo mayor y desfasado.
Se me ocurrió entrar y confesarme. El hombre cuando escuchó mis pecados, me miró y me dijo que me levantase de inmediato y saliera de su iglesia, o sea, que me echó, excomulgó o desterró.
En otra época ese sacerdote sería alguien de la Santa Inquisición y me habrían quemado.
¿Pero quién es ese hombre para decirme eso? ¡Si fui a pedir perdón!
Tampoco fue para tanto lo que de principio le confesé. Que no me dio ni tiempo para contarle todo.
Bueno, al hilo. Sería que mientras hace de confesor, está despistado y entretenido; colarme con una moza tras el altar en la sala contigua, y a ver.
Lo pienso pero no sé si sería capaz. Es una falta de respeto, pero sólo sería para darle un disgusto, mas que una fantasía.
Creo en Dios, pero no en algunos de sus soldados.
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