Mucho menos conocido que "Lolita", demuestra la evidencia de que aunque el deseo por las adolescentes es un secreto a voces en nuestra sociedad ( 2 películas, re-ediciones constantes, implantación en el lenguaje popular...) el incesto voluntario, el sexo consentido entre menores, son un tabú aún solido e inamovible. El único tabú, como muchas veces se ha denominado.

Escrita bajo la influencia de la popularidad de Lolita, jamás tuvo un auténtico éxito de masas. No obstante se considera una obra literariamente muy superior, opinión en la que coincidió el autor con sus criticos, siempre rendidos a la calidad sensual de su obra.
La gran novela del incesto.
Recopilación de imágenes, de instantes, de lujurias satisfechas, es la novela que demuestra hasta que punto Nabokov fue capaz de integrarse en el lenguaje y la mentalidad norteamericana.
Aquí el mejor fragmento. El descubrimiento del amor.
—Bien. ¿Por qué? —preguntó, exigió, reclamó, mientras una llama crepitaba y un cojín iba a parar al
parquet—. ¿Por qué te pones tan duro y tan gordo por ahí cuando...?
—¿Dónde? ¿Cuando qué?
Con el fin de explicarse mejor, con un tacto y un contacto exquisito, hizo danzar su vientre contra él, que
seguía casi arrodillado, estorbada por la larga cabellera que se interponía, y con un ojo casi metido en la
oreja del muchacho (sus posiciones recíprocas habían llegado a estar considerablemente embrolladas).
—¡Repítelo! —gritó Van, como si ella estuviese muy lejos, un mero reflejo en la ventana oscura.
—¡Vas a enseñármelo inmediatamente! —dijo Ada, con autoridad.
Van se despojó de su improvisado kilt. Y Ada cambió en seguida de tono.
—¡Dios mío! —murmuró, como un niño que habla a otro niño—. ¡Está todo desollado, en carne viva!
¿Te duele? ¿Te duele mucho?
Él suplico:
—¡Tócalo, pronto!
—¡Van, pobre Van! —siguió ella, con la vocecita que emplean las niñas buenas para hablar a los gatos,
a las orugas, a los perritos—. Estoy segura de que eso te quema. ¿Crees que te aliviarías si te lo tocara?
—¿Que si lo creo? ¡Puedes apostar!
—Mapa en relieve: los ríos de África —dijo la pedantilla. Su índice remontó el Nilo Azul, hasta las selvas,
y luego volvió a seguir la dirección de la corriente—. ¿Y esto? El sombrerete del champiñón rojo no es ni
la mitad de suave. De veras (en un tono intrascendente), me recuerda una flor de geranio, o, mejor, de
pelargonio.
—¡Dios mío, ya estás con la botánica!
—¡Ay, Van, Van, ese fruto me gusta! ¡Francamente, me gusta!
—¡Apriétalo entonces, tonta! ¿No ves que me muero?
Pero la ingenua botánica no tenía la menor idea de cómo manejar aquel objeto. Van, ya in extremis, lo
oprimió contra el volante de su camisón y gimió, al disolverse en un charco de placer.
Ella observaba, consternada.
—No es lo que tú crees —comentó Van, calmoso—. No tiene nada que ver con el pipí. Es limpio, como
la savia de una hierba. Bien. El curso del Nilo ya está precisado: telegrama del explorador Speke.
Menos románticamente, la prostitución vista por Nabokov.
La vieja que vendía bastones de azúcar y tebeos en la tiendecita de la esquina (la cual, por tradición, no
estaba estrictamente vedada a los internos del colegio) contrató los servicios de una auxiliar, rechoncha
y joven, y Cheshire, que era hijo de un lord aficionado a las economías, no tardó en descubrir que podía
poseerla por un dólar ruso. Van fue uno de los primeros en aprovecharse de la ganga. La chica concedía
sus favores en una semioscuridad, entre cajas y sacos amontonados en la trastienda, una vez cumplido
su horario de trabajo. El haberse presentado a la chica como un libertino de dieciséis años, en vez de
como un virginal chiquillo de catorce, hizo que el encuentro resultara muy embarazoso para nuestro
calavera. Trató de paliar su inexperiencia mediante una acción expeditiva, y no logró otra cosa que
derramar en el felpudo de la entrada lo que la chica le hubiera ayudado de buena gana a introducir de
puertas adentro. Las cosas salieron mejor seis minutos más tarde, cuando Cheshire y Zographos
estuvieron listos. Sin embargo, solamente en la segunda sesión comenzó Van verdaderamente a
apreciar la dulzura de su amiga, el acucioso apretón de su sexo, la lealtad de su vaivén. Sabía que no
era más que una putilla mal hecha, un cerdito rosa, y cada vez que, cuando había acabado, ella trataba
de besarle, él le ponía el codo y apartaba la cara, al tiempo que, como había visto hacer a Cheshire, se
aseguraba, con mano rápida, de que su cartera seguía en el bolsillo de su pantalón. Y sin embargo,
quién sabe por qué, cuando su cuadragésimo y último orgasmo se había ya hundido en el tiempo pasado
y Van se encontró solo en el tren que le llevaba a Ladore, entre campos negros y verdes, se sorprendió
al ver cómo ornaba de una poesía imprevisible la imagen de la pobre chica, el olor a cocina de sus
brazos, sus húmedos párpados iluminándose con el brillo súbito del encendedor de Cheshire y hasta los
pasos de la señora Gimber, la vieja sorda, que chirriaban sobre sus cabezas, en el dormitorio.