Una Mirada Feminista A La Prostitución 1
Hola a todos y a todas.
Me he encontrado con este interesante texto en internet y he querido compartirlo con vosotros:
1. Feminismo y prostitución
Hablar de feminismo y prostitución es hablar de dos realidades conflictivas. No tanto porque el feminismo esté reñido con esta realidad, sino porque en general, las prostitutas se han visto poco acogidas por las feministas.
Las prostitutas se sentían censuradas por las feministas y a la inversa, las feministas sentían que la sola existencia de la prostitución era un agravio para todas las mujeres.
¿A qué ha sido debido este malentendido? Por un lado las prostitutas pretendían que apoyáramos sus reivindicaciones como prostitutas. Por otro, a las feministas, apoyar a las prostitutas en sus reivindicaciones nos parecía que era apuntalar la ideología patriarcal, al aceptar la existencia de la prostitución sin cuestionamiento. Poníamos como condición "sine qua non" para nuestro apoyo, el NO A LA PROSTITUCION. Desde estas posiciones era difícil un acercamiento pues, de manera implícita, criticábamos a las prostitutas por el hecho de serlo y nos hacíamos eco de la consideración generalizada de que ése es el peor oficio que una mujer puede desempañar, y no sólo por las condiciones en las que se desarrolla, sino por lo que significa para las mujeres en general que unas cuantas vendan su cuerpo y, particularmente, a través del sexo.
En esta situación confluían múltiples elementos:
Por nuestra parte desconocíamos la realidad de las prostitutas (así como muchas otras situaciones por las que pasaban las mujeres) y teníamos cierta tendencia a hablar de generalidades sin escuchar a quienes están viviendo esas situaciones
La consideración de la sexualidad como algo "sagrado", como algo que compromete más que cualquier otro tipo de actividad. Una opinión tan buena o mala como cualquier otra, pero en absoluto generalizable.
La idea de las prostitutas como "víctimas" por excelencia
El juicio de que esta actividad comporta indignidad: valoración moral de quiénes las ejercen
Las prostitutas, por su parte, se sentían cuestionadas y juzgadas por nosotras, lo que les llevaba a victimizarse o bien a evitar el contacto con las feministas.
Cuando creamos Hetaira, nuestra finalidad no era tanto hacer actividades para las prostitutas sino crear junto con ellas una organización, un espacio de intercambio entre mujeres, donde pudiéramos cuestionar el estigma que pesa sobre ellas.
Posibilitar, cuidar y alimentar esta alianza entre mujeres nos parece lo fundamental de nuestro trabajo. Y nos lo parece así porque para nosotras luchar contra el estigma que tienen las prostitutas es cuestionar uno de los pilares de la ideología patriarcal: la idea de que existen "buenas" y "malas" mujeres. Una idea que, pese a todos los cambios que se han producido en este terreno, nos divide y cataloga a las mujeres en función de nuestra sexualidad. Socialmente se espera de las mujeres que seamos las controladoras de nuestro deseo y del deseo sexual masculino, que seamos recatadas sexualmente, no promiscuas... En definitiva, que tengamos una sexualidad mucho menos explícita que la de los hombres. Si cumplimos con este mandato, en materia sexual, se nos considera "buenas". Si, por el contrario, nos lo saltamos y exigimos el derecho a auto-determinarnos sexualmente, a hacer con nuestra sexualidad lo que nos plazca, sin someternos a lo que se espera de nosotras, somos "malas ". En el modelo sexual que se nos propone socialmente, las prostitutas aparecen y representan a las "otras", las que no son buenas, las que condensan en sí todo lo prohibido, lo que no pueden hacer las mujeres "buenas".
Pero ¿por qué se considera "malas mujeres" a las prostitutas? Porque:
son "sexuales", manifiestan la sexualidad abiertamente e incitan a los hombres
son independientes económicamente: cobran por lo que hacen y son ellas las que ponen el precio
pueden tener capacidad de negociar tanto el tipo de servicio como el precio
son transgresoras: rechazo de las normas
¿Qué es lo que se castiga de las prostitutas? Se diría que más que por mantener relaciones sexuales lo que se castiga es que cobren por ello. Se supone que las mujeres están siempre dispuestas y "encantadas" cuando un hombre las reclama sexualmente ("hacer un favor"), con lo cual, en el disfrute está la recompensa. No se tolera que la recompensa sea abiertamente económica, más cuando esta recompensa económica no es como favor por parte de los hombres (diferencia con las amantes) sino algo fijado de antemano por la prostituta: "Si quieres una relación sexual, paga" (con lo que significa de poder para ellas ser las que deciden el precio).
La estigmatización de las putas es un elemento fundamental de la ideología patriarcal, es un instrumento de control para que las mujeres nos atengamos a los estrechos límites que aún hoy, encorsetan la sexualidad femenina. Las putas representan todo aquello que una mujer "decente" no debe hacer. Su criminalización sirve para escarmentar en cabeza ajena,
En el imaginario colectivo la puta representa lo prohibido. En el de las mujeres, parece que simboliza el límite que no podemos traspasar a riesgo de autoconsiderarnos indignas. Pero ¿cuántas de nosotras no ha fantaseado con ser una puta, con hacer, precisamente todo aquello que está prohibido? La transgresión de lo prohibido suele ser un acicate importante del deseo sexual.
Parece que podemos acercarnos a las putas si las imaginamos indefensas, pobres víctimas de la situación o de la maldad de los hombres pero ¿qué pasa cuando las vemos autoafirmadas y orgullosas de lo que hacen? ¿por qué nos ataca tanto la imagen de la puta sin complejos, que se autoafirma en ello?
Desde una perspectiva feminista, nos parece fundamental acabar con la etiqueta de "malas mujeres" ligada al comportamiento sexual. Y a pesar de que una de las consignas del movimiento feminista ha sido la de "somos malas, podemos ser peores" a estas alturas no tenemos claro si hemos sido conscientes de lo que significa y si realmente lo tenemos asumido. Uno de los objetivos fundamentales de nuestro trabajo en Hetaira es cuestionar y acabar con la etiqueta de "malas" y el estigma que esta etiqueta lleva aparejado, cuya expresión por excelencia son las prostitutas.
Pero tenemos que ser conscientes de que este estigma no afecta solo a las putas, sino que recae también sobre las lesbianas, las promiscuas, las transexuales, las que les gusta el sado-masoquismo consensuado... es decir, sobre todas áquellas que se atreven a desafiar los mandatos sexuales que aún hoy, a pesar de todos los avances, siguen rigiendo para las mujeres, y algunos también para los hombres. Un estigma, además, que pende cual espada de Damócles sobre todas. No en vano aún es muy mayoritario llamar "puta", de manera insultante, a aquellas mujeres que manifiestan comportamientos sexuales "incorrectos" desde el punto de vista de la moral dominante o que simplemente se atreven a desafiar la situación de subordinación en la que nos encontramos (de hecho, en los primeros momentos del movimiento feminista, había gente que consideraba que las feministas éramos todas unas putas)
2. Nuestros planteamientos teóricos
Los planteamientos que subyacen a nuestro trabajo feminista tienen que ver con las polémicas que se han dado sobre este tema dentro del feminismo. Creo que todas partimos de una preocupación común: luchar contra la situación discriminatoria que sufren las mujeres que ejercen la prostitución, en la perspectiva de incorporar esta problemática a las preocupaciones feministas y crear así un movimiento fuerte. Ahora bien en la forma de abordar el tema se han ido consolidando dos posiciones que, en estos momentos, difieren en aspectos fundamentales.
Por un lado quienes consideran que la prostitución es una forma privilegiada de ejercicio del poder patriarcal y que es una forma de esclavitud sexual para las mujeres, en las que éstas sólo pueden ser víctimas o cómplices de los hombres. No diferencian entre prostitución forzada y por decisión propia, pues una situación de esclavitud nunca puede ser voluntaria. En consecuencia, las prostitutas son vistas siempre como las víctimas por excelencia y el ejercicio de la prostitución como algo degradante e indigno en sí mismo. Para ellas la alternativa es la abolición de la prostitución y la reinserción de las prostitutas independientemente de lo que éstas quieran, o dicho de otro modo, dando por sentado que esto es lo que quieren todas ellas.
Por otro lado estamos quienes consideramos que la prostitución es un trabajo, una actividad que puede ejercerse de maneras muy diferentes. Pensamos que es importante diferenciar quienes lo hacen obligadas por terceros y quienes lo hacen por decisión individual aunque obviamente condicionada por las situaciones personales, como todo lo que hacemos en la vida. Para nosotras la existencia de la prostitución tiene que ver no sólo con la situación de desigualdad de las mujeres en relación a los hombres sino también con la pobreza, con las desigualdades norte/sur, con las sociedades mercantiles, etc. Concebimos a las prostitutas con toda su dignidad y con capacidad para decidir sobre sí mismas y sobre sus condiciones de vida, aunque a veces lo tengan difícil. Son trabajadoras a las que se les debería de reconocer los mismos derechos que tienen el resto de trabajadores. Consecuentemente nuestra alternativa pasa por descriminalizar la prostitución regulando las relaciones comerciales cuando implican a terceros y reconocerles sus derechos como trabajadoras. Siendo fundamental que cualquier política que se desarrolle en este terreno cuente con la voz de las propias prostitutas.
3. Prostitución e inmigración
Existe el tráfico internacional de personas, fundamentalmente mujeres, destinado a mantenerlas en situaciones asimilables a la esclavitud: personas que ni siquiera tienen la oportunidad de abandonar su lugar de trabajo o residencia, aunque sea para mendigar, para buscarse la vida en la calle, aún a riesgo de morir, pero en libertad. Este tráfico está dirigido a un mercado de trabajo clandestino que abarca todo tipo de actividades. Y no deje de ser preocupante que cuando se habla de ello sólo se piense en el que va dirigido a la prostitución.
Existen mafias que obligan a mujeres, niños y niñas a prostituirse, en régimen de esclavitud. Las fuerzan y obligan a trabajar bajo amenazas y chantajes, las mantienen encerradas, sacándolas sólo para prostituirse bajo una estrecha vigilancia, las maltratan si no hacen lo que se les ordena, no tienen libertad para moverse ni para escoger la clientela o los actos sexuales que venden... Su situación la podemos comparar con la de los esclavos. Y, no nos engañemos, en el mantenimiento de esta realidad tan dramática e injusta están implicados gobiernos, instituciones públicas y gente poderosa.
Esta realidad es intolerable y debe ser perseguida con muchos más medios y más ahínco de los que se emplean en la actualidad. Es fundamental desenmascarar a los verdaderos culpables, no basta con penalizar a clientes y proxenetas de poca monta. Si este tráfico de mujeres, niños y niñas se da y crece cada día es porque existen poderosos intereses económicos y políticos que lo permiten y facilitan.
También en los últimos años estamos asistiendo a un aumento considerable de la inmigración a nuestro país. Los inmigrantes en nuestro país se han convertido en mano de obra barata y sobreexplotada. Entre las posibilidades de trabajo que la gente inmigrante encuentra en nuestro país está, también, la prostitución. Las personas que vienen a trabajar en la industria del sexo son diversas y aunque fundamentalmente sean mujeres -transexuales algunas-, también vienen hombres y son personas de toda clase, de diferentes edades, niveles culturales, etnias, países, costumbres... La mayoría de ellas saben a lo que vienen aunque no tengan muy claras las condiciones en las que van a desarrollar su trabajo ni cómo van a vivir aquí. Pero sólo una minoría viene engañada.
Una pequeña parte de este flujo migratorio entra en nuestro país en condiciones de legalidad. Dadas las condiciones restrictivas que impone la Ley de Extranjería para regular la entrada y el acceso a la ciudadanía de las personas extranjeras (especialmente de aquellas que vienen de los países del llamado tercer mundo) la mayoría de inmigrantes entran en el país de manera ilegal, intentando burlar los obstáculos de todo tipo que ponen los gobiernos europeos, incluído el español, a la inmigración.
Ante esta situación parece evidente que, la mayoría de las veces, no van a conseguir entrar de manera individual sino que tienen que recurrir a otros para conseguirlo. En ocasiones son familiares que ya están aquí los que les facilitan el viaje; en otros casos, de manera excepcional, es gente solidaria que les ayuda desinteresadamente. Pero la mayoría de las veces recurren a gentes que lo hacen a cambio de dinero.
Es la ley de la oferta y de la demanda, sagrada en las sociedades capitalistas, la que posibilita que esto se dé. Con frecuencia las cantidades que pagan por entrar aquí son abusivas y les endeudan durante una larga temporada. Son muchos los que se aprovechan de esta situación.
Pero, a no ser que consideremos mafiosos a banqueros, patronos, mercaderes y tanta gente que se aprovecha de las necesidades de las personas para acumular dinero, es conveniente distinguir entre lo que son las redes que posibilitan la entrada ilegal de emigrantes de lo que son las mafias. El término mafia se refiere a aquellas estructuras organizadas que extorsionan a las personas, mediante chantaje, coacción y violencia, para obligarles a hacer algo en contra de su voluntad. Y esto, aunque se da en algunos casos, no puede hacerse extensible a la forma como mayoritariamente entran los inmigrantes en nuestro país.
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